Economía Fácil III.

Y Tercera Parte. 

(continuación)

Todo negocio debe contar con un período de iniciación, de arranque, cuya duración es variable en función del tipo de empresa, de su localización y de la situación económica. Y durante el cual se acumulan los gastos y las deudas, y los ingresos son relativamente escasos. He visto cerrar a algún comercio de barrio porque no pudo esperar a hacerse con una clientela y carecía de fondo financiero para mantenerse. En un comercio, la localización y la vía pública son fundamentales. A veces, incluso, las ventas son muy diferentes de una acera a otra en una calle comercial. Acabo de visitar una bisutería, que va a cerrar a los 5 meses de su apertura. Y situada en un callejón, a unos 50 ms. del centro de Madrid. Su público (el target) no pasaba por el callejón, lo orillaba a derecha e izquierda. Me dijeron que habían aprendido. 

También hay que considerar que hay sectores, mercados, rígidos y muy cerrados a la competencia de nuevos ofertantes. Por ejemplo, el transporte de larga y corta distancias cuenta con un enorme número de transportistas y agencias de transportes. Frente a una demanda concentrada en relativamente pocos grandes cargadores y cadenas de distribución o comerciales. Esto hace que los precios no se puedan formar libremente, que los transportistas sean, entre ellos, sus segundos peores enemigos y que los cargadores (o sus empleados!!!) abusen de su posición de dominio.

Sin embargo, un emprendedor inteligente y entusiasmado con su trabajo, logró superar con gran éxito, para ejemplo de todos, los contratiempos que le presentaron un sector tan duro y la burocracia administrativa. Juan Jesús Alegría, un empresario de Vitoria, con 47 años, quedó fuera del sector con la aprobación de la Ley de Ordenamiento del Transporte Terrestre. Juan Jesús no se arredró. Tras el lógico período de desorientación y dolor, sólo pensaba en cómo darle la vuelta a un negocio de familia, ya sin futuro. Por todas partes veía oportunidades y cambios, que él podía ofrecer a los potenciales y no atendidos usuarios de variantes elaboradas del transporte común. Pero no fue fácil la iniciación, el nuevo arranque del negocio. Su travesía por el desierto duró 3 años, en los que no vendió nada. En París tiene en marcha un autobús destinado a persuadir a los vecinos de que es bueno aprovechar bien el agua. Ganó el concurso frente a otras dos empresas francesas finalistas, ante un tribunal de adjudicación formado por doce mujeres. En Dubai diseñó un autobús para uso del sheik o jeque (el jefe), dotado de 12 plazas delanteras y una popa, donde se localizan los servicios particulares y lujosos para el mandatario y sus invitados. Tiene todo lo que puedan necesitar. Y envuelto en el lujo exquisito propio de un jeque petrolero. Cuando los dubatíes le sugerían 4 ideas, a Juan Jesús se le ocurrían otras 28 para el especial diseño.

Una falacia que debe tener siempre en cuenta el pequeño empresario es la llamada experiencia de la «mano de obra». Permítanme tratarla con un toque de ironía, suavizada por la broma. El humor es una de las «haches» que debe tener todo emprendedor individual. Las otras serían ser hábil (con cualidades para su función), hacendoso (trabajador y diligente en su oficio), humilde (conocedor de sus propias e inevitables limitaciones) y humano (justo con todos y compasivo con los desfavorecidos y los que reclaman su ayuda). La «mano de obra» suele blasonar de su experiencia laboral. Presentándola como un atributo. Que resulta mejorador y acrisolador de las propias cualidades, aprendidas e ignatas, a través del tiempo. Todo esto es cierto. El fallo está en el bagaje y la calidad de la experiencia esgrimida. La verdadera experiencia supone un aprender casi continuo con el estudio, en el oficio, en la vida. Así, realmente, la gran mayoría de los ofertantes de trabajo, lo que tienen son 2 o 3 o 5 años de experiencia, y 18, 22 o 27 años de repetición cómoda del oficio y de las relaciones adquiridas. En mi época, a esa experiencia mantenida en un oficio, se la premiaba y reconocía con los años de antigüedad. Ojo, con los experimentados.

El Estado como agente económico es regulador de actividades varias, modificador de las rentas disponibles, cobrador de impuestos y tasas y prestador de los servicios públicos.    

El Estado es la institución que se supone debe controlar y regir, en nombre de todos y por encima de personas y entidades privadas, en los temas y cosas comunes, generales y públicos. Una misión esencial de los poderes públicos es establecer un marco o método de actuación económica práctico, justo, legal y moderno. Y los medios para su observación y la corrección de inevitables desviaciones. Sea a través del Banco nacional, las comisiones nacionales de los mercados, etc. Y de manera continua, relativamente sencilla y ágil. Luego, tienen que dejar actuar a los agentes económicos. Que somos todos, actuando como consumidores, empresarios, prestatarios, empleados, instituciones, etc., en los distintos mercados «parciales»: de crédito, de transportes, de abastos, de valores, de trabajo, etc.

Una función, ya antigua, del Estado era actuar subsidiariamente (para reforzar o sustituir) y por excepción, como empresario. Actuaba en las áreas económicas deprimidas o importantes para el país. En aquéllas en que la iniciativa privada no lo hacía, generalmente por falta de rentabilidad o de recursos suficientes. En España esta actuación dio lugar a la creación del Instituto Nacional de Industria (el INI), verdadero holding estatal y el primer empresario de España, por su extensión y medios.

Tenemos en España unos tres millones de funcionarios, pagados con nuestros impuestos. Hace 35 años había del orden de 1 millón de empleados públicos. Y no tenían los avances actuales de la informática y de la domótica. Tenían que trabajar más a mano y dedicarle más tiempo a las labores burocráticas. Actualmente somos unos 10 millones más de habitantes y tenemos bastante más del doble de funcionarios. Desgraciadamente, además, el trabajo de los funcionarios, ejecutando «funciones» antiguas y nuevas mediante «documentos» externos e internos, soportados en ordenador, papel, fotos, etc., tiende a ocupar todo su tiempo «disponible». Y que no es necesariamente todo su horario «oficial».

Hay que mantener y costear a los ayuntamientos, a las comunidades autónomas y a la administración central, que forman el Estado. Los dineros para satisfacer sus múltiples necesidades, los recauda el Estado de los impuestos directos e indirectos, de sus rentas del Patrimonio nacional, de nuestras multas y recargos, de la colocación de la deuda pública a diferentes plazos (que ya pagaremos más tarde), del beneficio del Banco nacional y de las tasas por servicios. Esto, sin contar los ingresos de la Seguridad Social nacional. Cerca del 40% de nuestra vida (los pensionistas también pagan), la dedicamos a sostener un complejo Estado. Que no es precisamente un administrador sobrio, honesto, ejemplar, sensato, creativo y eficiente de la «cosa pública» y sus dineros. Aunque se llame a sí misma y con mayúscula, como dando ejemplo y diciendo, más allá de mí, nada, la Administración.

Con los impuestos directos, que son progresivos o crecientes en función del aumento de la base imponible, el Estado recauda más de los de rentas más altas o más pudientes. Con ello modifica su renta disponible, rebajándola progresivamente. Los organismos públicos nos cobran tasas, a precios fijados por ellos, por los permisos, actuaciones y servicios públicos que nos prestan. Los permisos de circulación de vehículos y de obras, los costes de los documentos de identidad o de conducción, las tasas de basuras y de vados en aceras, son algunos ejemplos. Sus precios suelen ser más alto de lo debido. Porque también constituyen un impuesto indirecto. Porque lo pagan inevitablemente todos los usuarios, ciudadanos y habitantes.

Periódicamente se pone de moda referirse a John Maynard Keynes, el economista de la Gran Depresión. Y es porque, en los ciclos económicos largos, a la fase próspera de los 7 años de vacas gordas, le sucede, desde los tiempos del Faraón, la fase deprimida de los 7 años de vacas flacas. Que, además, en los sueños del faraón del libro de José, se comían algunas de las vacas gordas, desandando parte del avance logrado. Keynes propuso, para reactivar la economía deprimida, aumentar el gasto de las instituciones públicas. Pero en el contexto en el que se encontraba la economía de su época, aún había muchas cosas útiles y oportunas por hacer. Se podían realizar numerosas obras públicas necesarias, nuevas, no repetidas: carreteras, autopistas, vías férreas, presas, puentes, aeropuertos, urbanización de zonas a desarrollar, etc. Esto es lo que están haciendo ahora en China, para mantener un ritmo «razonable» y suficiente (para crear empleo) del 6-8% de crecimiento anual, cuando sus mercados exteriores flaquean. Habiendo sido China, durante el último lustro, la fábrica polivalente del mundo. El estado totalitario chino está aplicando correctamente a Keynes, promoviendo un desarrollo sostenido, a través de la construcción de toda clase de infraestructuras y mercados internos, entre otras acciones y apoyos. Y sirviéndose de sus propios medios de pago (sus reservas de divisas y activos realizables son incontables) para financiarse sin inflación.

El problema surge cuando aplicamos a Keynes en un estado moderno desarrollado. La oportunidad y la conveniencia de las obras públicas en general que realiza el Estado u otros organismos públicos, porque no son incumbencia de nadie, pero benefician a todos son su novedad, singularidad y utilidad. Veamos un ejemplo de una actuación inversa y perversa. Es normal que en los distintos países, a lo largo de la historia, se vaya construyendo sobre los restos destruidos dejados por los antecesores. En Madrid, no. El firme profundo y de calidad del primer tramo de la calle Alcalá, se está levantando. Y está dejando al descubierto el adoquinado de hace más de 60 años, que lleva engarzadas las vías del tranvía, que circuló por aquí entre 1871 y 1972. La calle Fuencarral está prácticamente levantada entre gran Vía hasta casi llegar al Tribunal de Cuentas. Lo mismo ocurre con calles transversales como Pérez Galdós o San Onofre. Simultáneamente en la Puerta del Sol, bajo el anuncio del Tío Pepe, se rompen aceras y placas de granito de casi 2 m. de profundidad para acceder a las canalizaciones de las «utilities». ¿Son necesarias estas obras «sobre obras» para reordenar el tráfico de la zona? ¿Aportan novedad, diferencia y utilidad a los ciudadanos? ¿Qué ganamos con pagar temporalmente «peonadas» a un grupo de personas, si su calidad temporal y su competitividad siguen siendo bajas?

Ésta es una gestión demasiado frecuente de las instituciones públicas modernas: miopes, electoralistas, despilfarradoras, prepotentes (porque sí), poco útiles. Que deberíamos poder evitar.

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