El Empleo. ¿A Dónde se Fue? ¿Cómo Volverá?

Introducción.

¿Por qué tenemos ahora tanto paro? Porque no producimos, vendemos y cobramos los suficientes bienes y servicios para emplearnos a todos. Esto es muy fácil de enunciar. Y aún de comprender. Pero es complicado de desarrollar. E incluso es contradictorio de explicar. Por las connotaciones ideológicas que, como filtros o lentes antepuestos, interponen muchas personas para observar un fenómeno tan evidente y próximo.

Hemos tenido una etapa de casi un lustro de crecimiento económico importante. El “motor” principal fue la construcción de viviendas. Él tomaba el dinero (la energía económica) de compradores y de bancos y cajas de ahorro prestamistas y, luego lo repartía a muchos trabajadores, promotores, intermediarios comerciales, notarios, instituciones públicas, fabricantes de electrodomésticos, decoradores, ladrilleros, cementeros, etc.

Otros “motores” de la economía española, que hacían circular el dinero por ella, satisfaciendo “deseos”, que no “necesidades”, y pagando bienes y servicios recibidos, fueron el turismo y la industria. Los servicios de hostelería y los comercios entregan a varias decenas de millones de turistas, el “consumo” equivalente que realizarían varios millones de españoles y residentes en un año. También nosotros compramos y exportamos coches, bienes de equipo, ropa, calzado, electrodomésticos, alimentos, minerales, etc. fabricados u obtenidos aquí.

Por último, estos 3 “motores” de la energía económica, del dinero, alcanzaban a grandes sectores de la sociedad. Que luego seguirían llevándolo, transmitiendolo, como “motores” auxiliares, a los demás sectores de segunda oportunidad. Desde barberos a vendedores de lotería, pasando por las comunicaciones, la agricultura, los comercios minoristas y las cadenas de distribución, el agua y las energías, y volviendo a alcanzar al Estado central, las autonomías y los municipios.

Ahora dicen que la economía es global. Siempre lo fue. Siempre hemos exportado coches ligeros, aceite, vinos, naranjas, productos de la huerta y flores. Y hemos recibido turistas. Hoy en día, lo que ocurre es que muchos millones de personas han accedido a un nivel de vida superior, de mayor poder de compra. Hay mucha mayor demanda y una oferta suficiente, sin cupos o contingentes, de gran variedad de artículos. Y, además, la velocidad de las transacciones externas e internas, incluyendo los flujos físicos de viajeros y mercancías, están facilitados por las comunicaciones de todo tipo, la falta de fronteras y aranceles, los acuerdos comerciales y las instituciones estatales y supranacionales.

La Construcción. ¿Qué le Pasó?

El problema de fondo con el “motor” económico de la construcción era doble. Teníamos unos 25 millones de viviendas fabricadas y somos unos 45 millones de habitantes. ¿No parecen muchas casas? La reposición natural de aquéllas, para unos 50 años de vida útil media, exige unas 450 mil viviendas nuevas al año. Hemos estado levantando durante varios años hasta 700 mil casas por ejercicio.

Además, el precio final de la vivienda elevaba en 3, 4 o 5 veces el coste real de su producción. Éste es uno de los fenómenos perversos de la economía libre sin regular. Cuando la demanda de un bien se tensa y en épocas de crecimiento económico y, por tanto, de una cierta inflación, los productores y los comercializadores de ese bien tienden a elevar su precio lo que pueden. ¿Qué buscan en el fondo? Aumentar su “participación” en el “pastel” total, que es el valor de la producción nacional o PIB. Cuando la economía es débil (por ejemplo, en los países en los estadíos primeros del desarrollo) y esta actitud se generaliza entre los agentes económicos, aparece una inflación más o menos desbocada, recalcitrante y perniciosa. En España los entes públicos, por su parte, ganaban con las recalificaciones de los terrenos, con el IVA en cascada, con las transmisiones y plusvalías.

Una respuesta a las dificultades de subidas de precio de las viviendas fue el abaratamiento de los costes de producción por los constructores y los promotores. Esto se reflejó directa y permanentemente en la extendida disminución de las calidades de los materiales y de la capacidad profesional de la mano de obra empleada en la construcción. Y se aprecia en la aparición casi inevitable de las necesidades de reformas importantes en las viviendas, a partir de los 15 o 20 años de construidas.

Todo esto creó un freno brutal, un tope en el engranaje del “motor” principal de reparto del dinero. El elevado precio de los inmuebles, por encima de los valores razonables de costes y de la capacidad real de compra de los clientes, ayudó a colapsar literalmente un sistema de producción egoísta y sin previsión, ni profesionalidad cabal. Aquélla estaría en torno al 30% de sus rentas disponibles, normales y permanentes o razonablemente extrapoladas, por ascensos esperados, herencias próximas, ventas de activos, etc.

Desaparece el Empleo.

Por el fallo de los motores citados, más o menos súbita y aceleradamente, un montón de gente comienza a quedarse en paro. La consecuencia inmediata es la disminución drástica de su renta disponible. De su nivel de vida, que se expresa en nuestra sociedad por la adquisición casi inmediata de aquello que apetezca al ciudadano o consumidor. Incluso los bienes de consumo duradero, más caros, como casas, vehículos, viajes, mobiliario, pueden ser disfrutados también pronto. A través de su compra a crédito y en cómodos plazos, que es igual a muchos y, por tanto, elevando notablemente el coste total de los artículos para su comprador y los beneficios de los prestamistas del dinero. ¿Para qué ahorrar? Basta con extender el sueldo en el tiempo mediante el crédito.

A las personas en paro, se unen los que creen que su empleo o sus ingresos a comisión o variables pueden peligrar o reducirse próximamente. También disminuyen su consumo y aumentan sus reservas económicas. Incluso se dan cuenta de que pueden fácilmente prescindir de muchos gastos. Y de que esta racionalización del gasto o este ahorro, les permite pagar sin agobios algunos pagos aplazados o reunir dinero para realizar luego alguna compra puntual más importante.

A una menor demanda creciente y extensa, numerosas empresas de todos los tamaños y ramos tienen que disminuir su producción u oferta de bienes y servicios. Desde el taxista hasta el embotellador de refrescos. Es decir, tienen que utilizar menos sus factores de producción, que hay que comprar, para no generar bienes y servicios invendibles, sin demanda. Y una parte, a veces muy importante, de esos factores de producción son los empleados, que reclaman cada semana, cada quincena o cada mes sus salarios, variables y cotizaciones sociales. La mano de obra se convierte en un coste fijo (por tanto, inevitable) insoportable, cuando las ventas bajan de cierto umbral en cualquier empresa.

Sólo hay una empresa que no se frena, que no se para, aunque la sociedad y su complejo tejido económico lo esté pasando mal o muy mal. Son las instituciones públicas. Sus empleados tienen garantizadas su remuneración y las mejoras, vía impuestos y deuda pública, que colocan a las entidades financieras y al público ahorrador. Si no hay tanta actividad administrativa, no realizan aquéllas ajustes de plantilla o EREs. Bien, tendrán los empleados más tiempo ocioso o harán burocracia improductiva, realizando comprobaciones, inspecciones, expedientes, dictámenes, informes, para los archivos y, quizás, para su destrucción posterior. La posición de los jefes se manifiesta, garantiza y revalida por el tamaño de su sección o negociado.

El sencillo mecanismo antes citado y llevado a uno de sus límites, nos conduciría a una sociedad semiparada, sin consumo ni sueldos ni rentas, más pobre. Éste sería el extremo opuesto, también frenético, al que se tendía hasta finales de 2007, en la etapa del consumo desmedido, superfluo, innecesario y económicamente insostenible. La diferencia, el espacio entre ambos límites desquiciantes, lo ocupa el mayor o menor grado de confianza entre los agentes económicos. Derivado el primero de los excesos de prestamistas y prestatarios, de inversores, compradores y vendedores, acerca de la bondad de sus acciones económicas, informadas señaladamente por la codicia y la ambición desmedidas. Derivado el último del fallo en el efecto sostenedor, amplificador y multiplicador del consumo, la inversión y el ahorro ponderados y sinérgicos de la economía nacional.

Es necesario volver a poner en marcha los mecanismos. Y ésta es una acción múltiple, simultánea y protagonizada por casi todas las clases de agentes económicos. Que deberían actuar, imaginemos las diversas piezas alejadas de un rompecabezas, acercándose (la confianza) entre sí, a la vez y sin pausas, e interactuando (intercambiando bienes, servicios, factores de producción y medios de pago) para montar el rompecabezas de la economía. El dirigir, impulsar y alimentar esta acción sinérgica de todos y para todos, sería una función esencial y vital del Estado en estos momentos. Que justificaría su existencia, incluso para el más escéptico y librepensador.

Algunas Medidas Económicas para Resolver la Crisis.

Un problema es mantener controlada la inflación, que ahora aparece lejana y difusa. Es decir, que no suba el nivel general de precios. Éste incluye los costes de las energías, ahora depreciados. Pero también los de los alimentos y las tasas de los servicios públicos, mucho más alcistas y que, además, son casi imposibles de sustituir por otros bienes o servicios privados. Y evitar que se desboquen las ambiciones de los agentes económicos y que se tornen en desmedidas e injustas. Esto es como una dieta más o menos severa. Pero que promete salud y energía económica renovada.

Hay también que estimular la Economía y evitar su frenazo más o menos brusco. Su detención total llevaría a lo contrario: a la deflación. Pero el exceso de liquidez a muy bajo precio que están aplicando los bancos centrales de muchos países, parece que aleja el peligro de esta última. Lo vemos en cómo se comportan las bolsas, a pesar e que los beneficios empresariales están contenidos, el consumo , deprimido y las perspectivas buenas, aún lejanas.

Esta actuación múltiple, doble en sus fines, forma un par de opuestos complementarios, no antagónicos. Son como el sistema nervioso vegetativo: con el simpático y el parasimpático. O las dos riendas de un coche de caballos.

Creemos que si el público ve un grupo armónico de actuaciones, impulsadas y cumplidas por el Estado, las aceptará en su conjunto, aunque alguna concreta perjudique temporalmente a un sector de la población.

El gasto público debería contenerse. Por ejemplo, recortando los funcionarios públicos o limitando los nuevos nombramientos y limitando las obras públicas nuevas a las estructuras directamente relacionadas con la producción de bienes, las comunicaciones o la educación. Un corolario de lo anterior, aún difícil de conseguir, sería buscar o mantener un suave superávit en los ingresos totales del Estado. El mismo podría emplearse para amortizar deuda pública nacional o externa, por ejemplo. Cuyo pago, tarde o temprano, nos corresponderá a todos.

Y para rebajar los impuestos a las empresas, situadas en la primera fila de creación de empleo y generación de riqueza. Y favoreciendo, según los casos, los sectores más creativos, modernos o que utilicen más mano de obra por unidad de producción.

Hay un problema del que nadie quiere tratar en España. Tenemos del orden de los tres millones de funcionarios, pagados con nuestros impuestos. Hace 30 o 35 años había del orden de 1 millón de empleados públicos. Y eso que no tenían los avances de la informática y de la domótica que tenemos hoy. Tenían que trabajar más a mano y dedicarle más tiempo a las labores burocráticas. Actualmente somos unos 10 millones más de habitantes y tenemos bastante más del doble de funcionarios. Los partidos no hablan de esto, por los votos que suponen ellos y sus familias y porque los mandatarios también son funcionarios. Y los ciudadanos o votantes no lo comentan, ni lo discuten. Se achantan y pagan y pagan. Más de un tercio de la vida laboral (con su equivalente en ingresos brutos), los dedicamos a sostener un Estado pesado y complicado, que no es precisamente un administrador sobrio, honesto, aplicado, creativo y eficiente.

Las subidas generalizadas de sueldos y pensiones deberían estar contenidas. El quid es no permitir jamás una espiral equívoca de subidas sucesivas de precios y salarios. Aquí tienen que dar ejemplo social los salarios más altos (ejecutivos, altos cargos públicos, pilotos civiles, rentas del capital).

Es necesario dar una formación adecuada a los parados más jóvenes, procedentes de sectores en crisis, para que puedan ser ocupados en otras labores. El cobro de los subsidios de paro estaría ligado a recibir esta formación, al menos con interés y, deseablemente, con aprovechamiento.

El Estado debe fomentar la investigación y el desarrollo generales. Y favorecer que las empresas realicen la investigación y el desarrollo específico de sus distintos sectores productivos.

Es necesario que el Estado aborde seriamente el problema de la compleja intermediación comercial y la logística de muchos productos de gran consumo. Las cuales encarecen indebida y casi inevitablemente (porque ahí están sus diversos “escalones”) los costes de aquéllos al consumidor final, debido a unas estructuras pesadas y excesivas.

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