Los Talibanes en Qala-i-Naw.

El miércoles 25 de agosto, a partir de un extenso comunicado facilitado por Defensa, los periódicos españoles publicaban un artículo de redacción, donde informaban de los éxitos militares españoles en la provincia de Bagdhis. Gracias a los mayores despliegues de la primavera, a las patrullas “demostrativas” de columnas de vehículos y a pie, al establecimiento de 2 posiciones fijas en la ruta Lithium, a cargo de una compañía y de una sección de la Legión, un grupo abrumado de unos 25 talibanes con su jefe entregaron las armas en el aeropuerto de la capital (situado entre ésta y nuestra nueva gran base “Urrutia” en las colinas) el viernes 20.

Una Acción Inesperada del Enemigo Talibán.

La ceremonia de recepción de los rebeldes en Qala-i-Naw, el domingo 22, presidida por el gobernador provincial Dilbar Jan Arman y jefes militares de nuestra brigada paracaidista, confirmaba los progresos logrados en la estrategia de “afganización” del conflicto.

En los mismos momentos en que los españoles recibían y leían la noticia, poco más de las 9 a.m. en Afganistán, un talibán chófer de la policía afgana, que había logrado la confianza de sus mandos y, por tanto, de nuestra seguridad, penetró en la antigua base Urrutia. En ella, la Guardia Civil realizaba la formación de más de 50 policías afghanos, enseñándoles desde como cachear a un sospechoso a atender una denuncia. Ghudan Sakhi, con el seguro de su Kalashnikov en posición de fuego semiautomático, entró en una sala aula donde estaban 3 españoles, un capitán y un alférez de la Guardia Civil y un traductor de farsi, y los tiroteó a mansalva hasta la muerte. En vano trató de huir, ya que fue abatido rápidamente junto a la entrada.

El tiroteo fue la señal para que muchos bagdhisis, “amigos” de España, se reunieran a la entrada de la escuela de adiestramiento. Iban equipados con largos garrotes, provistos de sus cuchillos personales, y portaban adoquines, apilados previamente allí, y granadas y cócteles incendiarios. Al grito de “Allah u Akbar”, varios cientos de nuestros favorecidos nativos comenzaron a hostigar la entrada de la escuela y su perímetro inmediato, reclamando el cadáver del traidor asesino taliban. Los alborotos incluso impidieron el aterrizaje de los helicópteros enviados desde Urrutia para evacuar a las víctimas. La enfurecida turba tuvo que ser dispersada por las armas de la policía afgana, apoyada por la G. C., produciéndole un par de decenas de heridos.

Características Socio Culturales de los Afganos.

Los afganos se mueven por una mezcla de intereses personales, una religiosidad formal, pero “adaptada” a sus costumbres (les viene muy bien esgrimirla para mantener sometidas a las mujeres, un imperativo social anterior al Islam) y una cultura social amplia, antigua, estructurada y arraigada. El Pashtunwalli es el “código” que establece los deberes del pashtún con su familia y su clan y los de éstos con los individuos. Se trata de defender los derechos de todos, extender la protección y la supervivencia por todo el colectivo y sus propiedades y preservarlos de injerencias foráneas no buscadas o deseadas. Similarmente, con variaciones, existen los Waziriwalli, Afridiwalli, etc.

La debilidad operativa principal de las tribus del sur y del este de Afganistán, también llamadas los pueblos de la Frontera, es su falta de unidad. Cuando no ocurren las “naturales” incursiones de rapiña, surgen los estados intermitentes de guerra irregular entre ellas, generalmente encadenando y prolongando la venganza de algún “agravio”. Y aderezado todo por los cambios fáciles e inexplicables, a veces, de alianzas entre los clanes o, incluso, las tribus. Esta belicosidad arraigada y explosiva, imprime carácter a los pashtunes, waziris, baluchis, cafres, afridis y otras tribus menores de la Frontera. Y ello a pesar de que el Islam prohibe seriamente la guerra entre musulmanes… Ya tienen bastante con matar a los infieles en la Yihad.

Las áreas que se incluyen en las fronteras de Afganistán y Pakistán, donde viven algunas de las razas más fieras, esquivas y luchadoras del mundo, son de norte a sur, el Pequeño Pamir, Chitral, Kohistán, Bajaur, Khyber, Nangarhar, Tirah, los dos Waziristanes, Paktika, Kandahar y Baluchistán. Esta extensa zona a ambos lados de la Línea Durand, fue conocida como The Grim o “la macabra” por generaciones de soldados británicos. Por extensión, impregnación e imitación, muchas de las peores cualidades de la Frontera, fueron permeándose lentamente, trasladándose hacia el oeste, a las otras etnias afganas. Los uzbecos (10% de la población) y los tayikos (25%), viven al norte del país, limítrofe con las repúblicas independientes de Tayikistán y Uzbekistán. Y en el centro viven los hazaras (un 20%).

No se puede obtener la lealtad de los pueblos afganos, si no se convive realmente con ellos. Y esto es imposible de lograr en los 5 meses de turnos de servicio. La mayoría de los oficiales británicos de la etapa colonial, destacados en la Frontera, conocían algo de pashtun, antes de incorporarse al servicio. Y, durante los primeros meses en su destino, intentaban obtener el Higher Standard o grado superior en pashtun. El título los calificaba favorablemente para traslados y ascensos y les suponía un importante plus de sueldo. No se puede exigir lealtad a los afganos, si no somos capaces de preservar consistentemente su integridad física y sus bienes de las represalias y de los ataques de los talibanes. Con los planes de evacuación militar a plazo fijo que anuncian los estadounidenses, estamos dando una esperanza definida a la resistencia armada enemiga, en un país de gente belicosa, levantisca, rapiñadora, dura y muy suya. En 1947, a raíz de la independencia de la India y Pakistán, las tribus de la Frontera se extrañaron mucho de que las tropas británicas se retiraran de sus posesiones al oeste del Indo, sin haber sido derrotadas… Los éxitos en la reconstrucción y el desarrollo del país, en la educación del pueblo y en la lucha contra la endémica y arraigada corrupción, tienen que estar basados en éxitos militares suficientes, progresivos y continuos contra la insurrección armada.

Existe una leyenda, que si no es cierta está bien traída, que cuenta que el 14 de agosto de 1947 se celebró un acto en Waziristán del Sur, con motivo del intercambio de soberanía, al que asistieron un comisionado general británico y el nuevo gobernador pakistaní. Uno de los notables que acompañaban a éste, un malik de los Mahsuds transfronterizos, se dirigió a su “agente político” inglés (algo así como el jefe de factoría en las reservas indias del Far West) y le preguntó: “Por cierto, Sir, ¿sabe Ud. lo que quiere decir Sahib?” Éste era el término con el que los indígenas se dirigían respetuosamente a los dominadores británicos. El agente político, un poco descolocado, lo intentó: “¿Será algo así como jefe o señor?” “No, le contestó el malik, quiere decir hijo de puta”.

Más Parámetros de la Guerra Contrainsurgencia.

Una cualidad necesaria de los mandos en todas las guerras es la de poseer la fiereza y la garra inherente al choque armado, satisfaciendo la necesidad de rematar la faena hasta su mismísimo fin. Es decir, actuar sin tibiezas, dudas o condicionamientos espurios y con celo del triunfo. Clausewitz ya notó que la mayoría de las bajas del derrotado, se producían en las últimas fases de la batalla. Cuando la resolución y la decisión de aquél languidecían, y esto se extendía en ondas de conmoción por todo su despliegue. Guderian solía decir a sus tanquistas, “no le pinche, apuñálelo y hágalo puré”. No podemos atar corto o estorbar con órdenes y prevenciones políticas a un mando, en lo que se refiere a sus capacidades operativas, y pretender que se bata y supere a un enemigo aguerrido, ladino, escurridizo y móvil. Ho Yen Hsi, un comentarista de Sun Tzu, decía que esto era como sujetar al lebrel negro de los Han y pretender que atrape a liebres inalcanzables. ¿Cuál es la diferencia?

La iniciativa, manifestada en la guerra irregular en multitud de pequeñas grandes acciones, está siempre habitual y consistentemente del lado ganador final. No se puede permitir que el enemigo la tome, la use y la retenga. La iniciativa va unida a la imaginación creativa, enmarcadas e iluminadas por los conocimientos profesionales y la experiencia. Juntas, reforzando a un carácter emprendedor, pueden aquí ser decisivas y eficaces militarmente.

Ninguna de las leyes de la guerra definidas en las convenciones de Ginebra y de La Haya favorecen a los talibanes. La condición de beligerantes de derecho la otorga el cumplimiento de las mismas. Para ello las partidas deberían ir uniformadas, exhibiendo las armas, mandadas por un jefe y actuando en nombre de un estado que retuviese la soberanía de, al menos, una parte de su territorio. Estas exigencias sólo las cumplían los partisanos soviéticos durante la II guerra mundial. En los otros casos, se aplican las legislaciones nacionales. Que suelen ser especialmente duras en los casos de sedición armada, calificando de asesinos, terroristas o bandidos sin entrañas, a los insurrectos. Si bien es cierto que hasta los alemanes en el Frente del Este, una guerra étnica radical, suavizaron el tratamiento dado a los partisanos, para no exacerbar las posturas y recrecer los desmanes y las pérdidas.

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