La Creciente imparable de los Talibanes afganos.

Introducción.

Tras casi veinte años de presencia militar estadounidense en Afganistán, sus últimas tropas abandonarán ya Afganistán en unos días. Su “esfuerzo de guerra y pacificación” del país se condensa en unos $800 mil millones gastados en Afganistán y más de 2400 militares muertos en actos de servicio a lo largo de este período. Alemania e Italia han retirado también en días pasados sus últimos destacamentos desplegados en el país.

Uno de los objetivos de su ataque a este país asiático fue el derrocamiento del régimen yihadista salafista de los Talibanes afganos.

Su ideología radical era estudiada en algunas madrasas o escuelas coránicas de Pakistán. Donde estudiaban jóvenes exiliados pasthunes afganos. Talibanes son los estudiantes de estas madrasas radicalizadas. Y en Pakistán existen ahora movimientos semejantes, como el Terikh e Talibán Pakistán o Movimiento de los Talibanes pakistaníes. Que tienen relaciones fraternales con los Talibanes afganos.

Estos, a su vez, habrían dado cobijo a la plana mayor de al-Qaeda, en forma de una “base guerrillera segura”, con diversas localizaciones en Afganistán. Y, con una extensa “posición de repliegue” última, situada en los montes limítrofes, por la llamada línea de Durand, entre ambos países islámicos. Cuya defensa se basaba no sólo en la forma de lucha en alturas difíciles, sino también en una red capilar de túneles. Que les servían de escondrijos a los terroristas y que les permitían una comunicación oculta y protegida por su zona de despliegue.

Desde los tiempos anteriores al ataque suicida de la Red terrorista al complejo de las Torres Gemelas newyorkinas y al Pentágono, en Washington, el 11 de setiembre de 2001. Y, singularmente, a Osama ben Laden y a Aymar al-Sawahiri, médico egipcio, que actuaba como un “consejero ejecutivo” de al-Qaeda.

La captura y neutralización de estos dos ejemplares constituían otro de los objetivos capitales de la invasión estadounidenses a Afganistán.

Y, habiendo destruído la débil, escasa y pobre estructura político social creada por los Talibanes afganos, a los estadounidenses les correspondía, como corolario de sus acciones militares, un tercer objetivo. Más lejano, pero, seguramente más importante y trascendente.

Talibanes rechazan alto el fuego ofrecido por el gobierno
Talibanes rechazan alto el fuego ofrecido por Gobierno.

Ayudar seria y comprometidamente a crear en Afganistán una “sociedad musulmana moderna”, que trascendiera el régimen de tribus y clanes regionales y locales. Y, que fuera refractaria a los hechizos radicales de los modernos yihadistas. Y, por último, con un tejido social resistente, que garantizase los derechos, deberes y libertades de todos los ciudadanos en esa “sociedad musulmana moderna”.

Caprichosa y desgraciadamente, el malogro de este último objetivo citado va a dilapidar todos los esfuerzos, en especies y sangre, dedicados anteriores. Y nos va a poner en el difícil e indeseado punto de arranque de 2001.

Idiosincrasias tribales pashtunes.

Las relaciones internas de los grupos, familias y grupos de familias locales y clanes, se caracterizan por incorporar a ellas ciertos ritos, preceptos, actitudes y tabúes. Éstos recogen, valoran y cuantifican sus necesidades vitales, sus emociones primarias y sus creencias. La religión musulmana es seguida en la amplia zona que tratamos. Son todos de la rama sunní, que acepta al Corán y a la Sunna del Profeta. Las diferencias residen en el rigor con el que se examinan y aceptan las fuentes de la Sunna. Esta asunción forma parte de la inculturación, afirmación y cohesión sociales de estos grupos.

Estas sociedades aceptan y se rigen a través de una autoridad, más o menos respetada y obedecida.

Cuanto más se perfeccione y avance hacia el exterior la sociedad, el poder de esta autoridad se afianzará y crecerá y se extenderá en ámbitos de influencia. Cuanto más pequeño y aislado sea el grupo, el poder de la autoridad será más moderadora e integradora, actuando como un “primero entre los “iguales”. En estos casos últimos, la reunión de los miembros activos (hombres, cazadores) del clan en asambleas, jurgas, etc., tienen valor supremo y es sancionador de las conductas desviadas o disolventes para el grupo. Evidentemente en estos consejos locales, el prestigio y el poder de cada individuo miembro cuentan, y en ellos unos son más “iguales” que otros. Esos jefes locales o Maliks son como negociadores privilegiados con los distintos gobiernos, que gozan de una autoridad personal más que institucional, y cuyos acuerdos pueden ser ignorados por los varones adultos, si no están revalidados por sus asambleas.

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Los Talibanes controlan (no es ocupar) más del 85% de Afganistán.

Su código de costumbres y honor es el Pashtunwali, que establece al individuo ciertos derechos y exige de él ciertos deberes sociales, hacia la familia, el clan y la tribu. Las disputas básicas sobre mujeres, oro o dinero válido y tierras están en el origen de las enemistades sostenidas en estas tribus. Y que deben ser mantenidas hasta vengar la afrenta percibida. La propia fragilidad y debilidad de la sociedad exige la aparición de los valores protectores.

Éstos podrían ser la hospitalidad, la lealtad, la amistad, el desprecio a los foráneos como desconocidos, la venganza de ultrajes y daños, el honor individual y colectivo. Cada uno de ellos protege y engrandece en alguna medida o matiz al pequeño conjunto humano. Como veremos, las relaciones son interpersonales, en los ámbitos de la familia, el clan y la región. Se proyectan por la oportunidad, la cercanía, el intercambio de bienes y la relación. Y se afianzan con la lealtad, el respeto a las normas aceptadas y el tiempo de trato. Y en función de la acumulación de estos actos elementales sucesivos. Un extraño puede así aspirar a su integración, a título particular humano. Y no por la calidad y la trascendencia de su categoría o puesto institucional.

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Pashtunes están en contra de las acciones militares del Gobierno y los Talibanes

La hospitalidad lleva implícita la reciprocidad, cuando uno viaja, está solo y no es agresivo. Esto a veces se perfecciona con la dotación de una escolta al viajero por zonas inseguras. La violación de esta “escolta” por un ataque supone una grave afrenta para el clan que la proveyó. La lealtad entre los miembros del colectivo, por muy lábil que sea a veces, cohesiona al grupo. El honor infla la autoestima y la apariencia ante propios y extraños. La venganza, en ausencia de verdadera justicia, busca castigo y luego reparación de los daños y afrentas reales o percibidos. El desprecio a los foráneos, no adornados de buenas cualidades o amenazadores para el grupo, busca impedirles a priori su integración en él, como una forma de defensa pasiva. La amistad estrecha los lazos con los iguales y el grupo. Si alguien se integra en estos grupos elementales, es objeto de lealtad y amistad a título personal. Esos valores se incrementarían por su actuación, maneras y comportamiento personal. Sería el caso de un jefe de fuerzas nativas, tipo cipayos, aceptadas por ellos por la paga, el honor y el status que brindan y proyectan sobre los clanes regionales. La aceptación no es con el cargo, sino con la persona.

(CONTINUARÁ).

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