(CONTINUACIÓN)
Existe una importante división entre los terrenos abiertos (de cultivo y pastizales) y los de difícil transitabilidad (bosques, pantanos, zonas quebradas y urbanizadas) que condicionan seriamente las formas de lucha, basándose en las probables distancias de combate y de fuego de las fuerzas opuestas. Las armas medias y pesadas de fuego directo tienen un alcance efectivo considerablemente mayor que el que les permite la lucha a las distancias cercanas. Además, esas condiciones afectan directamente a las velocidades de avance, al control de las unidades subordinadas por los mandos y a las bajas. Así, las fuerzas del grupo de ejércitos (Frente) 1º de Bielorrusia del mariscal Georgi Zhukov cruzaron en el mes de enero de 1.945 más de 450 Km., desde Varsovia hasta la línea de los ríos Oder-Niesse, enfrentándose en terreno favorable para las fuerzas motorizadas a una Wehrmacht que ya se desintegraba exhausta. Y que se defendía en frentes discontinuos, formados por unidades de infantería apoyadas insuficientemente por la artillería, los medios antitanques y la aviación, tanto de caza como de apoyo a tierra. En los que era fácil insertar sin ruptura previa a un grupo móvil soviético, que atacaría por su retaguardia o de flanco a un sector de la defensa alemana, para ayudar decisivamente a desmoronarlo y batirlo. Ya que las fuerzas mecanizadas alemanas, capaces de realizar el contraataque operativo desde la distancia contra esos grupos móviles de incursión, eran a veces insuficientes para esas misiones. Sin embargo, ganar la batalla de Berlín, una inmensa zona urbanizada extensa, guarnecida y fortificada, donde participó también el 1er. Frente de Ucrania del mariscal Koniev y que duró desde el 16 de abril al 8 de mayo. le costó a los soviéticos más de 300 mil bajas e ingentes pérdidas materiales.
NAPOLEÓN RECIBE LA RENDICIÓN AUSTRIACA EN ULM.
Se llama terreno clave a aquél que contiene ciertos rasgos o características, cuya posesión da a una fuerza militar una ventaja significativa sobre su oponente. Ya hemos dicho lo importante que son las vías de comunicaciones, más que alguna zona prominente de un terreno, para las operaciones de las grandes unidades. Los nudos o cruces de aquéllas son especialmente valiosos. De ahí el interés de controlarlas y de negarlas al enemigo. Por su parte, las ciudades cercanas son interesantes como bases logísticas (nudos de transporte y depósitos adecuados de todo tipo de materiales). Está lejana la época en que los ejércitos se apreciaban y medían, viéndose quizás por primera vez, mientras se desplegaban a la vista de su enemigo o, al menos, de sus jefes a caballo en una cierta altura. Procurando ambos contendientes en su maniobra, situarse en la parte más alta de un terreno suavemente pendiente (si era muy descarada, el otro no atacaría) o de espaldas al sol. E inducir al otro a atacarle, si su movimiento de acercamiento a la zona no lo había hecho ya. Además, las posiciones en las alturas relativas permitían observar con más tiempo la llegada a pie del grueso de los enemigos, observar su despliegue de marcha y el orden y la disciplina de sus unidades en la maniobras de aproximación y de desdoblamiento, de lo cual sacaban los jefes unas impresiones de valoración finales. Esos serían las características de los terrenos claves en la lucha inmediata. Hoy en día, las posiciones de combate en las crestas y en la pendiente anterior siempre atraerán un fuego enemigo directo e indirecto preciso y corregible fácilmente. Y no digamos si están mal camufladas o están en terrenos nevados. Estas localizaciones son aptas para los observatorios de las armas y para cortas fracciones de seguridad, con tareas de avanzadas de combate, prontas a replegarse tras las posiciones más o menos preparadas en la vertiente posterior.
Las tácticas y las técnicas de lucha según los terrenos.
Los ejércitos europeos y estadounidenses consideran terrenos de combate habituales a las colinas y las llanuras. Las montañas, los desiertos y los terrenos árticos son considerados medios extremos de lucha, que requieren el empleo de unidades especializadas con entrenamiento, tácticas, técnicas e incluso medios especiales. En las montañas, con abruptas pendientes, los vehículos son confinados a las pocas, estrechas y tortuosas carreteras existentes. Y la marcha a pie de las tropas, fuera de ellas, es muy lenta y dificultosa. Evidentemente, el despliegue de combate es difícil y pobre hacia cualquier dirección. Los puertos o pasos y los desfiladeros son aquí puntos críticos de la lucha. Una fuerza pequeña, aguerrida y equipada puede bloquear y retrasar a tropas mucho más numerosas, y defenderse de ellas. En los Balcanes, al final de la última guerra mundial, las pequeñas bandas de guerrilleros yugoslavos de Tito consiguieron retrasar la retirada hacia sus metrópolis, atravesando los Alpes Dináricos, de las fuerzas alemanas e italianas acantonadas allí. Por otra parte, la doctrina de los marines estadounidenses llama “envolvimiento vertical”, al descenso masivo de helicópteros de ataque y de transporte en la guerra de montaña, apoyando la maniobra terrestre. Esto es hasta el presente más bien una planificación optimista que un análisis histórico. La vulnerabilidad de los helicópteros en vuelos a baja altura y a sus velocidades de aproximación y de ataque lo hace costoso y de difícil realización frente a una defensa contra aeronaves enemiga eficaz y surtida de sistemas diferentes para esta lucha.

PELOTÓN DE INFANTERÍA INICIA SU AVANCE EN POBLACIÓN.
De la guerra en los desiertos se ha hecho a veces un paralelismo con la guerra naval, imaginando a las unidades mecanizadas maniobrando sin limitaciones en todas direcciones. La historia de las campañas en los desiertos del norte de África en la II Guerra Mundial brinda un panorama muy diferente. Los desiertos rara vez permiten ese movimiento tan libre y rápido fuera de las vías más o menos establecidas. Además, la arena suelta y las pendientes abruptas aumentan las dificultades de transitabilidad. Por su parte, la erosión tiende a producir laderas y orillas de cauces (wadis) más angulosas y pronunciadas, formando así cortes transversales no esperados. La enorme fluidez de aquellas operaciones norteafricanas se debió más a que se trataba de pequeños ejércitos maniobrando en gigantescas zonas de terreno, que a las facilidades que les daba éste para su movimiento.
Para la lucha convencional en los terrenos helados puede tomarse como ejemplo la guerra de invierno o Talvisota finlandesa de 1939-1940, que hemos tratado extensamente en otro artículo publicado en este blog militar.
LOS VEHÍCULOS DE COMBATE DE INFANTERÍA DAN APOYO DE FUEGO DIRECTO PESADO A LA INFANTERÍA EN LA LUCHA URBANA.
El ataque a las poblaciones dispuestas a defenderse es una de las operaciones más onerosas, duras y peliagudas que se pueden emprender. La acción es de atrición y desgaste, lenta, sin lucimiento, enervante de la moral y de las fuerzas físicas y anímicas de los hombres y traicionera como pocas, con tal de que el enemigo sea capaz y esté decidido. El terreno urbano es uno de los más favorables para la defensa. Las zonas urbanizadas de cierta extensión brindan a la defensa unas propiedades singulares de protección y ocultamiento y dificultades para la rápida movilidad en fuerza de ambos enemigos. La falta de vistas adecuadas dificulta la observación, la cohesión de las unidades atacantes y su cooperación. La eficacia exige entonces ceder la iniciativa en las “interfases de acción” con el enemigo a los jefes subalternos u oficiales y suboficiales. Por realizarse a las distancias cercanas, la lucha en las localidades y zonas fabriles y logísticas es una tarea de la infantería. Los infantes contarán con el apoyo de los ingenieros, la artillería y aún de los tanques durante su ataque sistemático a un enemigo resuelto en pleno alistamiento de combate. La “interfase de acción” es nuestro concepto espacial que define la zona y el espacio inmediatos donde desarrollamos la acción violenta sobre el enemigo y sus medios, siguiendo criterios y formas de lucha adaptados al carácter de nuestros objetivos y a las características de la lucha. En poblaciones pequeñas y aún medianas y con un enemigo con defectuosa o incompleta disponibilidad combativa, es muy posible poder dar un golpe de mano, desbaratar su defensa y ocuparlas. Avanzando rápidamente desde la profundidad propia, una fuerza combinada de infantería mecanizada o motorizada y tanques, con éstos formando el primer escalón de aproximación. Una condición necesaria para ese éxito es una buena exploración táctica previa, que no haya sido rechazada o perturbada por las fracciones de seguridad enemigas.
NO FUE GUERRA DE MOVIMIENTOS.
También puede ser especialmente favorable un ataque simultáneo desde direcciones opuestas contra algún estrechamiento, preferiblemente central, en las ciudades alargadas, independientemente de su extensión total. Que permitan así poner el pie firmemente en ellas desde dentro, romper la cohesión del despliegue de su defensa, dislocar sus comunicaciones y dispersar su fuego pesado de rechazo. Por ejemplo, el eje Casa de Campo- Palacio Real- Mayor- Alcalá o Carrera de San Jerónimo- El Retiro- O’Donnell sería un eje útil para este tipo de ataques en Madrid. La conducción de las fuerzas atacantes convergentes debe estar muy coordinada para que tenga éxito la operación. El sector ocupado por los atacantes debe ser ensanchado rápidamente, mediante acciones muy enérgicas, hasta garantizarle un ancho operativo, variable según los casos. Otras veces, el ataque a las poblaciones no importantes ocupadas por el enemigo puede evitarse. Una maniobra hábil de una fuerza interarmas (enlazada tácticamente con su grueso), al interior de la zona operativa enemiga y a suficiente profundidad, que bloquee o amenace gravemente la línea de abastecimientos de la población, puede volver irrelevante su defensa para los planes enemigos. El principal peligro que presentan las localidades en estos casos, es que desde ellas se puedan lanzar contraataques de flanco o de revés contra los atacantes que las rodean o superan.

EL PRIMER MARISCAL ALEMÁN QUE CAPITULA SU EJÉRCITO.
A finales de agosto de 1942 los alemanes comenzaron a operar contra Stalingrado. Dos meses después, las posiciones soviéticas en la ciudad se reducían a unas pocas zonas aisladas, llenas de cascotes y deshechos, de no más de 275 m. de profundidad, abrazadas a la ribera derecha del Volga. Estas islas de resistencia, forjadas en el horno de las privaciones y de la resistencia a numerosos ataques alemanes, se convirtieron en irreductibles. Dos fueron sus secretos estructurales: los alemanes jamás consiguieron aislar la ciudad de la otra ribera del río, que garantizaba la continuidad de la defensa hacia una retaguardia inalcanzable para aquéllos. Y la defensa rígida en las zonas citadas se ancló en edificios de estructura de hierro, cubiertos con planchas metálicas, y con una capacidad de resistencia casi indefinida. El elevador de granos junto a la estación de trenes, al sur (demasiado estrecho y aislado para resistir indefinidamente), y las varias fábricas Octubre Rojo (de armas ligeras), Barricada (de tubos de artillería de gran calibre) y Dzerzhinski (de tractores, reconvertida para fabricar los T-34 modelo 1941), de sur a norte, son los ejemplos. El 6º ejército alemán, la “gran unidad” de su clase mayor de toda la Wehrmatch, va a desperdiciar en Stalingrado sus ventajas operativas de movimiento con flexibilidad y agilidad. Que le permitían mantener la libertad de acción y la iniciativa en sus acciones ofensivas, como principios estratégicos decisivos. Y ello a cambio de utilizar sólo tácticamente sus capacidades de fuego y de combate en las distancias próximas, para reducir a un enemigo dispuesto ya férreamente a no ceder más terreno, a resistir hasta la muerte en la defensa de la ciudad. “No hay tierra para nosotros más allá del Volga”, fue su tétrico y decidido lema. Un enemigo cuyos jefes y altos mandos estaban animados sólo con la esperanza de que su Stavka o Estado Mayor Central tuviese tiempo de reunir y desplegar las reservas suficientes, para arrollar los flancos insuficientemente protegidos del despliegue estratégico alemán, en torno al 6º ejército, a cargo del 3º y 4º ejércitos rumanos. Así, el 6º ejército se agotó inútilmente, sin resultados decisivos. La campaña terminó el 2 de febrero de 1943, con la rendición por el mariscal von Paulus de los restos de su ejército, convertido en una masa enorme de hombres armados sin capacidad operativa, sin ilusión, sin motivación… Se habían empleado a fondo en una geografía inadecuada y adversa.
(FINAL).