(Continuación)
La dislocación posicional del Enemigo.
Genghis y su ejército marcharon seguros, cruzando más de 500 Km. del aparentemente impenetrable desierto de Kizil Kum. Y al principio de abril de 1220, Genghis Kan apareció inesperadamente en la ciudad de Bujara, a unos 500 Km. en el interior del territorio transoxiano, cerca ya del río Amur Daria.
Sin haber librado aún una batalla importante, el numéricamente inferior ejército mongol había dislocado posicionalmente al grueso del ejército turcomano y cortado la línea de conexión de Mohamed II con sus provincias del oeste, donde permanecían aún muchas fuerzas turcas no movilizadas para esta guerra.
(Véase también en nuestra descripción de la batalla de Austerlitz, el desarrollo previo a ella de la batalla de Ulm).

Una onda de conmoción se extendió por todo el ejército en campaña kharizmí, abrumándolo. Las tropas de Mohamed permanecieron en las distintas posiciones fortificadas y ciudades que ocupaban, defendiéndolas, pero con un espíritu quebrado. La unidad operativa de las fuerzas, que se exige para que los combates tácticos sucesivos tengan trascendencia, había desaparecido. Estaba en manos del Gran Kan ir librando los combates necesarios para liquidar, como ocurriría en un “cerco imaginario”, limitado por el Sir Daria al este, por su presencia imponente e inesperada al oeste, por el desierto al norte y al sur, el alejamiento de sus casas, a las distintas agrupaciones tácticas enemigas en la Transoxiana, ya inconexas y decepcionadas.
Jenofonte ya había señalado: “Cualquier cosa que suceda, agradable o terrible, cuanto menos se la ha previsto, mayor alegría o terror causa. Esto no se ve en ningún sitio mejor que en la guerra, donde cualquier sorpresa llena de terror incluso a los más valientes”.

Veamos algunos pasajes de “Mis Reflexiones sobre el Arte de la Guerra” del mariscal Mauricio de Sajonia, publicadas póstumamente en 1757. En ellas se evidencian un profundo discernimiento en las tácticas y en las motivaciones humanas, mayor que en ningún otro trabajo de autor europeo desde los romanos.
“Los hombres siempre temen más a las consecuencias del peligro, que al peligro en sí. Yo puedo dar una multitud de ejemplos. Supongamos que una columna asalta un atrincheramiento y que su cabeza alcanza el borde de la zanja. Si un puñado de hombres (del bando atrincherado) aparecen a un centenar de pasos fuera del atrincheramiento, es seguro que la cabeza de la columna se detendrá o que no será seguida por los elementos de las filas más atrás. ¿Por qué? La razón debe buscarse en el corazón humano. A su vez, permita que 10 hombres trepen sobre el parapeto y todos los que se encuentren detrás huirán y batallones enteros abandonarán su posición de defensa”.
“Cuando uno tiene que defender atrincheramientos, se deben situar todos los batallones detrás de los parapetos, porque, si el enemigo consigue poner pie en ellos, aquellos batallones algo más a retaguardia pensarán solamente en salvar su vida. Ésta es una regla general de la guerra, que decide todas las batallas y todas las acciones. Ella nace en el corazón del hombre y es lo que me ha inducido a mí a escribir este trabajo. Yo no creo que hasta ahora nadie haya intentado investigar en ello las razones por el escaso éxito de algunos ejércitos”.
El Caedes.
Genghis y Subidai dejaron una de las puertas de Bujara sin cubrir. Con ello buscaban atraer a gran parte de la guarnición fuera de la ciudad, para luchar en campo abierto. La mayoría de la guarnición, formada por unos 20 mil hombres, salió fuera, aparentando que iban a enfrentarse a los mongoles. Pero realmente escaparon hacia el suroeste. Al día siguiente quedaron bloqueados en el Amur Daria y los mongoles los alcanzaron y los destrozaron.
El resto de las fuerzas turcas se encerró en la ciudadela, mientras los habitantes rendían la ciudad. Los mongoles hicieron avanzar delante de ellos a miles de civiles sobre la ciudadela y pronto la tomaron. Durante toda la lucha gran parte de Bujara ardió y finalmente Genghis Kan ordenó demoler sus murallas.
Los 3 ejércitos mongoles citados convergieron entonces rápidamente hacia Samarcanda, mientras Mohamed huía hacia los confines occidentales de su imperio. Unos 50 mil hombres de la guarnición de la capital salieron al encuentro de los mongoles y fueron aislados de aquélla, que quedó desprotegida. Y finalmente resultaron envueltos y masacrados por los mongoles, que no aceptaron sus peticiones de desertar e incorporarse a las fuerzas de Genghis Kan, ya que éste dijo que “quien traicionaba una vez, podía volver a hacerlo”.
Samarcanda quedaba inexorablemente a merced del Gran Kan, que tardó sólo 6 días en ocuparla. Sus 20 mil defensores restantes se concentraron en la ciudadela, dejando indefensos ante el saqueo de los mongoles a todos sus habitantes. Una noche, un grupo de unos mil turcos se deslizó fuera y consiguió huir. Los mongoles pronto asaltaron la ciudadela y mataron al resto de la guarnición.
Tras esto se precipitó la caída de Transoxiana y del territorio de Khorrasan (al norte de Persia), sin combates mayores, en manos de Genghis Kan y con ello de cientos de miles de Km2 de un gran imperio islámico. Éste sólo sobrevivió ya hasta el año 1231, tras su nueva derrota a manos de los turcos seljúcidas en sus fronteras del oeste.

Una fuerza especial mongola al mando de Subidai salió en persecución de Mohamed, que, abandonado de todos, se había convertido en un fugitivo y en un proscrito. En enero de 1221 el Sha murió de pleuresía en una isla del Mar Caspio, sin que los mongoles lo hubieran podido capturar.
Resumen de la campaña y resultados.
En una rápida campaña de casi un año, los mongoles consiguieron vencer sin grandes pérdidas a un ejército fogueado, que movilizó contra ellos al menos el doble número de hombres, pero que se mantuvo expectante en una defensa estática. Empleando una brillante estrategia operativa, alternando su incansable capacidad de movimiento operativo con su probada e irresistible capacidad de combate y sus terroríficas técnicas de depredador consumado, Genghis Kan y sus hombres mantenían la iniciativa y la libertad de acción. Así, engañaban a sus enemigos sobre sus planes, descubrían sus vulnerabilidades e iban ávidamente a por ellas, y dislocaban los despliegues enemigas, antes de atacarlos o hacerlos irrelevantes y rendirlos.
(Fin)